I

La lluvia recién había terminado. Todo mojado, pensaba, mientras sacudía las gotas del asiento de la moto. El pavimento brillaba por las luces de los autos que pasaban a mil por la avenida. También había olor a tierra mojada, aunque estaba rodeado de asfalto.  Arrancó, subió, el motor carburaba repiqueteando. El aire se sentía bien en la cara y si bien no estaba bien, nada parecía importarle mientras el viento secaba la humedad y los postes de las lámparas se movían como en una película vieja mientras los pasaba con la moto.

Llegó a la pizzería. La radio pasaba una canción de esas que se te pegan. La tele, silenciada, mostraba un partido de los últimos de la liga que a nadie le interesa. El pizzero transpiraba el delantal manchado con salsa de tomate, harina quemada y otras cosas que eran difíciles de distinguir. Su cara de hastío estaba en sintonía con la noche y el tiempo desmejorado.  

Qué carajo de lluvia, pero bueno, es mejor para las ventas… y vos por lo menos te quedás con algo más de propina. Con esa cara de… de… chiquito que tenés. La gente te tiene lástima pibe, eso es algo bueno cuando trabajás de delivery.  Tomá, Guardia Vieja 4129. Es una casa.

Agarró el paquete. Por los agujeros del cartón se sentía el olor a pizza y él todavía no había almorzado. Eran las 9 de la noche. Arrancó, el motor ya no quería más. A lo lejos un trueno avisaba que la tormenta no había terminado y que la noche recién empezaba.

II

Afuera está lloviendo y todavía no encuentro algo que valga la pena investigar. El editor hace meses que me está jodiendo con “algún material de calidad” pero es difícil escapar a las críticas políticas y a las historias especulativas sobre muertos que aparecen por ahí pero que la policía los califica como adictos o ajustes de cuentas.  

Por ejemplo, en el diario del 4 de noviembre hablaban de cómo se habían robado una horma de queso de un almacén gourmet de Mar del Plata. Ese tipo de historias jocosas aparecen de la nada y siempre dan buen resultado. La versión digital se llena de comentarios cargados de ingenio que contrastan con alguna que otra queja al gobierno actual. Pero… ¿cómo eso puede ser una noticia? ¿Por qué da resultado?

Evidentemente, hoy cualquier cosa puede salir en el diario y llamar la atención. La vida ya es lo suficientemente extraña como para necesitar de excusas. Está todo ahí, todos los días, todo dando vueltas y sólo es necesario darle un poco de orden. Armar una “versión”. Hasta los mismos comentarios cuentan historias hecha de pedazos que se podrían acomodar sin mucho esfuerzo.

Por qué nadie habla del pibe de Nuñez? Publican estas boludeces pero no dicen nada del chico que mataron en la esquina de mi casa.

Por ejemplo, alguien se indignaba porque en ningún medio estaban hablando de eso. Busqué y tenía razón. Nadie estaba hablando del asesinato de Nuñez. Me fijé en mi agenda el teléfono de la comisaría 35 donde probablemente habrían registrado el caso. Otra vez, caía en la costumbre. Seguramente era uno de esos casos que iba a terminar en la nada. El comisario diciéndome que fue una pelea callejera, un ajuste de cuentas entre barras. Me dejé guiar por el azar. La agente Costa o Acosta o algo así me dijo que tenían muchos quilombos y que no me podía avisar por teléfono, que fuera personalmente si quería preguntar, pero que el lunes el comisario tenía reunión, no el lunes, el martes sí.

Volví para comentar y preguntar más acerca de la “queja” del vecino preocupado. Quizás un ciudadano atento estaría encantado en contar un poco más sobre su indignación. Sin embargo, el comentario había sido denunciado y moderado. Mala suerte. Pasa seguido. Lo borraron.

Mientras suenan los truenos sigo navegando entre pestañas, comentarios y noticias. Además del asesinato del chico de Nuñez estaba el arbolito que se fugó con 70 palos. El pibe, según dice el diario, cuidaba autos como “trapito” cada vez que River jugaba de local en un sector controlado por la barra de Belgrano a cambio de una tarifa.  Un último mensaje de WhatsApp antes de la desaparición

Bien gorda. Tranqui, trabajando

es lo último que escucharon de él. Esa sí era una historia que tenía todo. ¿Podré encontrar alguna relación entre mi pibe de Nuñez y el arbolito-trapito? El martes veré.  Ahora dejo que mi cuerpo se venza en el sillón y que el vaso se vacíe poco a poco. Las gotas contra la chapa me relajan. Ya va a aparecer alguna historia. Siempre termino encontrando algo para contar.

III

Las piernas duelen y ya es hora de ir cerrando, pero la gente sigue ahí. Parece que a pesar de la lluvia no tienen mejores planes. Ella junta los vasos vacíos, las canastitas de maní. Se pone a limpiar alevosamente para que los que todavía dudan si salir o no, se decidan. Ella sí se quiere ir. Las piernas duelen y son casi las cuatro, cuando el cartel dice que se cierra a las dos. Duele ver cómo otros disfrutan mientras uno se esfuerza.

 

¿Por qué tirás las cáscaras de maní al piso? La concha de tu madre.

 

Se pregunta ella en silencio. La gente parece no tener ni un poco de cortesía. Ya están borrachos. Se van yendo. Dejan algo de propina por haber sentido culpa. Finalmente, ya no queda nadie. Limpia rápido el piso, reparten las propinas y sale. Una noche menos.

Mientras camina de vuelta a casa piensa cuánta plata le falta para salir de la pieza donde vive. El hotel “familiar” minúsculo queda a unas cuadras de su casa pero se hace difícil dormir ahí. Cuando llueve, como hoy, el olor a humedad queda impregnado por una semana. La dueña, una señora mayor, escucha música clásica exactamente a las seis y media de la mañana. La otra gente no jode. Es buena. A veces la molesta un cuarentón que la mira con lujuria pero que es un cagón y no se la bancaría si ella lo encarara. De madrugada, a eso de las 2 siempre llega un pibe con una moto. Se escucha como se apaga el motor y a veces el casco se cae al piso. Siempre suelta una puteada cuando el casco se le cae al piso. La otra pieza está vacía. Ahí duermen los gatos de la señora, dos negros y uno naranja. Son simpáticos.

Mientras camina las cuadras que la separan de la pieza cuenta los billetes arrugados que fue juntando a lo largo de la noche. Hoy había sido una buena. La gente cuando llueve siente más culpa. Al llegar ya está la moto del pibe. El casco está tirado al lado.

 

Se lo van a robar, piensa.

 

Lo agarra, empuja la puerta y sube. Al fin en la cama ya puede quitarse las zapatillas. La lluvia vuelve a empezar. Le quedan dos horas y media más para poder dormir. Un par de lágrimas se le caen de los ojos acompañando las gotas que chorrean por la ventana mientras piensa cuánto le falta para poder empezar a salir de ahí.

IV

El motor chillaba. De a ratos las explosiones del escape y el tirón de la cadena lo empujaban de atrás para adelante. Llegó a la dirección y la moto se apagó. No había ninguna casa como le habían dicho, era una obra en construcción.

¿Habrá sido una joda?

Se fijó de nuevo en la comanda, pero estaba bien. Seguramente Rodolfo había escuchado mal otra vez. Sintió lástima por su jefe. Sintió lástima por la pizzería. Las cosas no estaban andando bien, la mano venía jodida pero Rodolfo le ponía el pecho.

Se acordó cuando pasó esa noche por la puerta del local y vió el cartel pegado en la puerta. Él había llegado hace poco de Corrientes. Estaba solo en una puta ciudad gigante con cosas que nunca en su vida se había imaginado. Extrañaba su barrio. Tenía la sensación de no querer volver y no querer quedarse. Entró sin pensar a preguntar y esa misma noche estaba laburando con una bici que le prestó Rodolfo. Le pagó ese fin de semana y le consiguió una pieza en un hotel cerca de la pizzería. Y así, de a poco, empezó a sentirse menos desencajado. Así, de a poco, empezó a sentir que iba a empezar a vivir.

Rodolfo era un buen tipo. Fue mecánico. De ahí que se fue quedando sordo por el ruido de las máquinas. Con una plata que juntó se puso la pizzería. El sueño de sus abuelos. Ahora renegaba porque no le alcanzaba. Renegaba porque no quería despedir a la gente del delivery. Renegaba porque las cosas no se terminaban nunca de acomodar. 

Pensó en pagar él la pizza para no hacerlo sentir mal. Como no había cenado no era mala idea, además le iba a venir bien el descanso. La noche llovía de vez en cuando y el frío se sentía subir por los pies. Guardó la pizza en la caja y la moto no arrancó. Probó de nuevo. La vieja no quería más. Caminó arrastrándola, siguió hasta la esquina de Gascón y cuando estaba cruzando escuchó desde el garaje que lo llamaban.

-Che pibe. El de la moto sí, vos. Vení, la pizza es para acá.

Desde atrás de un vidrio sucio un señor de bigote y traje estaba escuchando por la radio el partido de fútbol ese que a nadie le importaba. Tenía migas en el bigote. Un resto de sandwich descansaba entre tickets y diarios viejos. Había olor a humedad, a naftalina y a humedad. El tipo estaba completando un crucigrama, despreocupado.

elgaraje

 

Le dejó la pizza, agarró la plata y empezó a irse cuando el gordo, como si se hubiera acordado recién, le gritó:

-Cuando salgas agarrá el paquete que está al lado del caño rojo. El sobre es para vos.

Hizo lo que el gordo le dijo y probó una vez más con la moto. Esta vez la vieja arrancó a la primera y él se quedó pensando en que tenía hambre y que la noche ya había sido demasiado larga.

V

Con las noticias del 14 de noviembre la historia se complicaba. El arbolito apareció muerto en una valija. Los tres diarios contaban, a su manera, una misma historia. El 4 de octubre desaparece Nicolás Silva con 70 mil pesos o dólares, se contradicen. Lo último que se sabe es que discutió con un hombre que estuvo detenido pero se negó a declarar. En noviembre, una mujer, luego de pelear con su marido, denuncia haber encontrado un cuerpo en su placard. La evidencia apunta a que ese cuerpo, encontrado por la esposa de un señor que ahora está prófugo, es el de Nicolás.

 

Los investigadores, según indicaron las fuentes a DyN, sospechan que se trataría de Silva, de 28 años, a raíz de tres indicios. El primero es que la ropa que vestía el 4 de octubre era similar a la que tenía puesta el cadáver; el segundo, la última vez que lo vieron fue en esa zona; y el tercero, que su celular se activó también allí en aquella fecha.

 

Del otro pibe de Nuñez nunca hubo noticias. En la 35 decían no saber nada. Jamás se había denunciado eso que estaba preguntando y preferí irme sin respuestas. Por la cara del comisario me pareció que sí sabía de qué estaba hablando. Tuve miedo. Sentí urgencia. Esta vez no lo “cubrieron” como las otras veces. Esta vez “no hay denuncia”, “eso no existe”. Picó la curiosidad.

Hasta el momento faltan dos y las alternativas a seguir se comenzaban a diluir. Necesitaba encontrar al prófugo que escondió al muerto en el placard, aunque la idea pareciera inverosímil. El tipo seguramente va a aparecer flotando en el riachuelo. Es inevitable. Incluso los lectores ocasionales mencionan en los comentarios que habría que buscarlo en el fondo del río. Podría pasar por tribunales a preguntar pero el contacto que tenía estaba de vacaciones hace unos días y la última vez no tenía nada para ofrecerme.

Después estaba el pibe de la moto y el celular, pero eso no tenía que ver con esto. Es una broma. De Ortega seguro. Él sabe que estoy pasando una mala racha, que estoy metido en algo y tiene la costumbre de hacerse pasar por pelotudo sólo para joderme. La forma de entrega era demasiado poética. Ese tipo de casualidades no existen. Alguien las inventa. A veces como juego, otras por necesidad.